
Lo de Lavagna se suma a la lista de
panquequeadas acumuladas a lo largo de la política de nuestros tiempos. Entre ellas, el resonante caso de Eduardo Lorenzo Borocotó, que ingresó al Congreso de la mano del macrismo y luego se pasó a las filas del kirchnerismo. Nuestro
querido "Pichi" Campana, quien apareció en las arenas de la política enganchado como abrojo al juecismo, y de la noche a la mañana se convirtió en el candidato a intendente del kirchnerismo, pero después no se sintió cómodo y fue engatuzado por los encantos del PJ cordobés. Hoy es el vice gobernador de Córdoba.
El panqueque de turno hoy, es el ex ministro de economía, Roberto Lavagna, que en los últimos días fue convocado por Nestor Kirchner para participar en la reorganización del partido Peronista a nivel nacional. Lavagna, en defensa de su postura, quiso dar a entender que en las pasadas elecciones presidenciales, a él
le imprimieron ese tono opositor. Pero ... ¿Qué onda Roberto? ¿Le obligaron a posicionarse como principal opositor? ¿Le impusieron los discursos y las palabras en expresa oposición hacia el proyecto oficial? Ahora es la parte en la que viene bárbaro decir que fueron los medios los que lo presentaron como opositor.
Como si esto fuera poco, el antiguo propietario del palacio de Haciendas, trató de justificarse en el matutino La Nación, afirmando que esta era una jugada del primer mundo, que "este tipo de cosas ocurren allí". Cabe aclarar que sea en el primer, cuarto o decimoquinto mundo, estas cosas se llaman no ser fiel a los ideales y proyectos iniciales, darse vuelta, e ir como veleta para donde soplan vientos mejores.
Mientras tanto, los tres millones de argentinos que lo votaron, en su gran mayoría cordobeses, tenemos otro motivo más para convencernos de que la política en Argentina sigue siendo lo de siempre, más de lo mismo. En el comienzo de un nuevo año, vuelven los aires con olor a naftalina. Gran contradicción entre lo nuevo y lo viejo, lo guardado, lo antiguo, lo pasado de moda.

